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Roberto De Vicenzo: El Maestro

Wegolf 01 jun 2020

A tres años de su fallecimiento, este es un pequeño homenaje al gran Maestro Roberto De Vicenzo, un ícono de nuestro deporte. Diferentes personalidades del ambiente del golf nos compartieron anécdotas vividas con él.

En 2017, Wegolf estuvo en Royal Liverpool “Hoylake” -donde Roberto ganara el Open de 1967- el mismo día que se estaba realizando su funeral en Argentina. Fue una experiencia muy emocionante, todo el personal del Club lo recordaba con cariño y se los notaba muy tristes. La bandera del Club a media asta, un mural en el Lobby del club house con recortes de periódicos de su triunfo y muchas anécdotas.

Tuvimos la suerte de entrevistar al historiador del Club (Joe Pinnington), al profesional (John Heggarty), y todos, al ver que éramos de Argentina, nos manifestaban su emoción y gratitud hacia la vida de Roberto.

A continuación, compartimos algunas de las muchas vivencias de Roberto con personalidades del golf en Argentina.

Vicente “Chino” Fernández

Una de las anécdotas que más me conmovió con Roberto fue a principios de diciembre (no recuerdo el año), antes de las fiestas. Suena el teléfono de mi casa y era él. Atiendo y me dice: “Pibe, te llamo ahora porque en Navidad y Año Nuevo las líneas van a estar colapsadas. Te quiero saludar y decir que te quiero mucho”. Y le respondo: “Roberto, yo también lo quiero mucho”, a lo que me contesta: “pero yo te quiero más a vos, que vos a mí”. “Pero, Roberto, ¿cómo puede saber eso?”, le pregunto. “Mirá, yo en Argentina tenía una hinchada de casi el 90 por ciento a mi favor, pero cuando vos llegaste me quitaste la mitad, me dividiste la hinchada. Y a pesar de que me sacaste mucho público, yo te sigo queriendo igual”, me explicó.

Ese era Roberto De Vicenzo. Lo extraño mucho.

Francisco Alemán

Era el Abierto de la República de 1988 en Hurlingham y Roberto anunció que se iba a ser su último Abierto competitivo. Después jugó algunas vueltas más; incluso muy bien en Playa Grande en 1990, pero ese fue el último Abierto en el que realmente compitió. Después de tres rondas me encuentro con que tenía el mismo score que Roberto, habiendo hecho tres rondas de 70, y Roberto tenía también 210. Esa tarde, al ver la coincidencia, hice lo posible para que mi amigo Vicky Zemborain me pusiera a jugar la última vuelta con Roberto. La verdad que el tercero del threesome no me acuerdo quién fue (¡lamento mucho no acordarme!), pero lo importante obviamente era jugar con Roberto.

Jugué con Roberto ese domingo de muchísimo calor en Hurlingham. La vuelta nos encontró a los dos jugando bastante bien y cuando salimos del green del hoyo 15, Roberto puso su mano encima de mi hombro y me dijo: “Pibe, hay que terminar 3-3-3” y por dentro pensé: ‘qué cosa rara que me dice Roberto’ porque él venía bajo par, pero no estaba realmente cerca de la punta ya que fue un año de muy buenos scores. Pegó un muy buen drive en el hoyo 16, de ahí la dejó muy cerquita y la embocó para birdie. En el hoyo 17 pegó un bombazo con el drive y la volvió a dejar cerca para otro birdie. Así llegamos al hoyo 18, que es un fuerte dogleg a la izquierda, y Roberto quiso pegar un pull para dejarla cerca del green. La pelota le salió derecha y le quedó sobre el rough de la derecha, con un lie no tan bueno y un ángulo difícil. Pegó un gran golpe y la dejó a unos cinco metros del hoyo. El putt lo golpeó bien, pero dio toda la vuelta al hoyo y quedó colgado para terminar con par y un muy buen 66. Protestó como si hubiera perdido el Open Británico y yo por dentro me quedé pensando ‘qué raro este tipo, su última vuelta, jugó bien y tuvo un buen final… qué habrá llevado a enojarse tanto’. No lo podía entender.

Luego fuimos a la carpa, firmamos la tarjeta, la entregamos y cuando me pongo a hablar con él le digo: “Roberto, ¡muy buena vuelta! No entendí por qué te enojaste tanto”, y ahí Roberto me miró con su cara de bonachón y me respondió: “Pibe, si embocaba hacía 65 y hubiera igualado mi edad en mi última ronda competitiva del Abierto, lo cual me hubiera significado una enorme alegría”. Y ahí entendí por qué Roberto De Vicenzo fue Roberto, porque no importaba lo que estuviera jugando, él siempre quería dar lo máximo y cada tiro vale. Tuve la suerte de jugar mucho con él y ésta ronda es un muy buen recuerdo.

De Vicenzo ganó el Open de España en 1966, en el Real Club de Golf Sotogrande

Silvia Bertolaccini

Tengo muchos cuentos muy lindos a lo largo de mi carrera de haberlo seguido en Acantilados y Playa Grande cuando competía, de haberlo visto practicar ya que era un referente local en cuanto a dedicación y práctica. Tuve la suerte de jugar un torneo mixto en Estados Unidos con él representando a la Argentina, y al día de hoy me acuerdo lo que eran mis nervios de jugar con Roberto. Pero él, muy tranquilamente, me transmitía calma todo el tiempo y complementaba lo que yo iba haciendo mientras me daba consejos y me ayudaba para que pudiera jugar tranquila.

Recuerdo que nos sentamos a almorzar con Sam Snead y Joanne Carner y ahí Roberto me contó cómo Sam había sido el primer jugador a quien él había visto usar un sand wedge, ya que en esa época del bunker se salía con cualquier palo, y él fue uno de los primeros en usar el wedge, junto con Gene Sarazen.

También tuve la suerte de que estuviera en Ranelagh, y como yo también practicaba allí, tuve la oportunidad de practicar y jugar con él muchas veces. Una vez me dijo: “Silvia cuando estés nerviosa lo único que tienes que hacer es realizar todos tus movimientos más pausados y en cámara lenta”. Me sirvió muchísimo y lo usé muchas veces. Caminar despacio mientras la mente se acomoda es lo que necesitas. “No te olvides que jugar al golf no es un ejercicio sencillo y lo más importante es hacer un buen score cuando jugas mal; hacer uno bueno cuando jugas bien lo hace cualquiera. Esa va a ser la gran diferencia en tu carrera”.

Pablo Sola

En 1978, el año que me hice profesional, tuve el gran honor de que De Vicenzo me invite a que lo acompañe a una serie de torneos. El primero de ellos era el Legends of Golf. Era un torneo con modalidad fourball (lo sigue siendo hoy en día), y jugaba con Julius Boros de compañero. En una de las vueltas de práctica, al terminar de jugar, De Vicenzo fue a tirar unas pelotas y luego de entrenar me dijo: “dejá los palos en la casilla y nos vemos en una hora en el club house”. Como tenía una hora libre y no tenía nada para hacer, me fui al sitio de práctica y ahí me lo encontré a Bob Toski, que justo había llegado. Se juntaron unas 50 o 60 personas para verlo practicar. Toski les dijo a estas personas: “qué hacen viéndome a mí, si el mejor jugador de tee a green de la historia se acaba de ir, Roberto De Vicenzo”. Después se lo conté a Roberto y me respondió: “lo que pasa es que Bob Toski es un amigo”. Eso nos pinta de cuerpo entero la calidad de juego que Roberto tenía.

Bob Toski: “Qué hacen viéndome a mí, si el mejor jugador de tee a green de la historia se acaba de ir, Roberto De Vicenzo”

David Gurfinkel

Socio de Ranelagh Golf Club. Mantuvo una muy buena relación con Roberto y jugó incontables rondas de golf con él.

Creo que hay dos cualidades por las que Roberto merece ser recordado por siempre: su calidad como jugador y su generosidad como persona. Los 231 torneos que ganó están registrados en todos los libros de golf y quien no haya tenido la fortuna de verlo jugar, puede buscar en YouTube, envidiar su swing y admirar lo bien que le pegaba a la pelota. Por eso prefiero referirme a la segunda cualidad de Roberto, su generosidad y la vocación por enseñar, con un método brutal, directo. Tuve la suerte de criarme en Ranelagh y jugar bastante seguido con Roberto mientras cursaba el secundario.

Recuerdo tres lecciones cortas, inolvidables. Primera: yo había pegado los drives de los hoyos 1, 2 y 3 rectos, sin draw ni fade y con buena distancia. El hoyo 4 de Ranelagh es un par 4 corto y angosto, con un cross bunker a la derecha y un monte a la izquierda. Luego de partir el fairway del 4 al medio, salí caminando haciendo girar el driver entre los dedos, feliz. Tres pasos después, vino la pregunta de Roberto: “Inglés, estás tirando con draw o con fade”? Algo agrandado, respondí: “Derecho, Roberto”. Antes de llegar al tee de damas sentí el golpe del grip del driver de Roberto en el mate. “¿Así que vos tiras derecho? Yo apunto al filo del cross bunker con 15 yds. de draw. Si pego 5 yds. de draw, 30 yds. de draw, o 40 yds. de draw, la dejo en el fairway. Vos pegas 15 yds. de fade o de draw y estás en el cross bunker o en el monte. Los montes y los cross bunkers están llenos de pegadores derechos como vos”.

Un par de meses después, había encontrado una forma de sacar del bunker con mucho efecto, la bola tocaba el green y quedaba clavada en el pique. En el hoyo 9 saqué una así desde el bunker de la derecha, la pelota picó a la izquierda del hoyo y quedó muerta, dada. Mientras alisaba la arena con los pies, escuché la sentencia: “Inglés, ¿cuánto hace que no metes una desde el bunker?” Respondí: “Hace bastante Roberto”. “Y así vas a seguir nomás, porque la pelota al hoyo entra rodando y la tuya no rueda, frena”. Roberto hacía rodar la pelota todo lo que podía, con casi todos los tiros.

Tercera y última. El hoyo 11 de Ranelagh es un par 5 con un hazard de agua en la entrada del green, por la derecha. Pegué driver desde el tee y driver del piso de segundo tiro y quedé 20 yardas corto del green. Mientras hacía finish, escuché: “¿Le diste bien a esa Inglés”? Respondí: “Sí, Roberto”. “¿Llegabas?”. “No, Roberto, más fuerte no le puedo dar”. Empezó a negar con la cabeza y dijo: “Tenes 14 palos en la bolsa, no llegas al green con ninguno, ¿y tiras con el más difícil de todos? Para no llegar, tirá con cualquiera de los otros 13. Si llegás, tirás con el palo con el que llegás, y si no llegás con ninguno, tirás con el palo que te deje hacer dos tiros fáciles. No es tan difícil este juego”. Era cierto, el juego que él jugaba parecía más simple que el tratábamos de jugar nosotros. Tres hoyos después, Roberto se acercó a mi bolsa, le sacó la funda a mi madera 3 y me preguntó: “¿Qué le pasa a tu madera 3 que no la usas?” Respondí: “No me gusta mi madera 3”. Roberto dijo: “Te tienen que gustar todos los palos que tenes en la bolsa, los palos que no te gustan te hacen perder torneos”. Al día siguiente, cuando Roberto llegó al club, vino directo desde su auto al putting green con cinco maderas 3, todas distintas, casi todas nuevas. “Probalas, quedate la que más te guste y después devolveme las otras cuatro”. Elegí una Völkl, cabeza negra y vara dorada, grafito y boro. Cuando le pregunte cuánto costaba, me dijo: “A ninguno de los dos nos va a costar nada. Usala todo lo que quieras y cuando no la quieras más, me la das. Y hacé lo mismo con tu madera 3, encontrá alguno que le guste y dásela”. Y riéndose fuerte, me puso esa mano pesada que tenía en el hombro, y agregó: “Eso sí, te va a costar, pero alguno vas a encontrar”. Así era Roberto. Un grande. Por eso se lo extraña tanto.

De Vicenzo: "Te tienen que gustar todos los palos que tenes en la bolsa, los palos que no te gustan te hacen perder torneos"

Hernán Rey

¡Qué suerte que ese día le pedí el guante a Don Roberto! Mi viejo me lo sugería, pero nunca fui de guardar recuerdos. Le llevé los palos a Cabrera y no tengo ni una foto; jugué en el Tour Europeo y me cuesta encontrar una prueba que lo certifique; estuve con Tiger y Jack, pero nunca me firmaron nada. Pero por algún motivo, esa tarde le pedí a De Vicenzo que me firmara el guante. Se lo había prestado para jugar unos hoyos. Era martes, la vuelta de práctica del Abierto de la República. Esta historia no podría haber ocurrido en ningún otro lugar: el Jockey Club de San Isidro. Habían pasado 35 años, pero al verlo parado en el tee del uno me volvió la imagen a la mente. La foto más famosa del golf argentino: De Vicenzo parado en el tee del uno en el mundial del 70. La versión nacional del hierro 1 de Ben Hogan en Merion. ¡Qué prestancia! ¡Qué stance! ¡Qué Maestro!

Aquel día, junto con Rafael Echenique y Vicente Fernandez logramos convencer a Roberto para que nos acompañara. “Sólo un hoyo,” le rogó El Chino, sabiendo que era como tentar a un nene con un primer cuadradito de chocolate. Lo invitábamos a jugar al golf, su pasión, y entonces Roberto me pidió el guante.

De no ser por el bogey del 6 que cortó su racha de pares, hubiera jugado los 18 hoyos. ¡Qué calidad! A los 82 años hizo 5 pares en un campo preparado como para jugar un US Open, donde sólo dos jugadores terminaron bajo el par para los 72 hoyos del torneo. He jugado desde chico con Roberto en varias oportunidades y su pasión por este juego fue siempre lo que más me impactó. Debieron ver sus ojos esa tarde. La intensidad de su mirada parecía mandar la pelota hacia el hoyo. Hoy, al saber que ya no está, me doy cuenta de cuánto vale mi recuerdo. Con su partida el valor emocional de ese guante se agiganta.

Roberto y Hernán en el Abierto de la República.

Hernán Rey, jugando una ronda de práctica con Roberto en el Abierto de la República: ¡Qué calidad! A los 82 años, hizo 5 pares en un campo preparado como para jugar un US Open, donde sólo dos jugadores terminaron bajo el par para los 72 hoyos del torneo.

Mara Larrauri

Gran jugadora amateur del Ranelagh Golf Club y quien tuvo una gran relación con Roberto. Mara jugó golf universitario en Estados Unidos en Campbell University y es la esposa de Rubén Yorio, caddie de Ángel Cabrera cuando ganó el Masters 2009 y actualmente caddie de Jhonattan Vegas.

A Roberto De Vicenzo lo conocí en el verano de 1991 en Ranelagh Golf Club. Fue mi profesor de golf durante cuatro años; con él compartí las prácticas y salidas a la cancha. 

Roberto no faltaba ni un día a entrenar, llegaba alrededor de las 10 de la mañana con su caddie Germán, al mediodía iba a la confitería del club a tomar un café y a conversar con sus amigos (contaba anécdotas de sus viajes y competencias), luego almorzaba en su casa y por la tarde jugaba unos hoyos.

En esos años Roberto todavía competía en el PGA Senior Tour, no regularmente pero sí participaba cuando recibía invitaciones especiales, que eran muchas.  Cada año que pasaba viajaba menos, pero no por eso le dedicaba menos tiempo a su entrenamiento. Era embelesador verlo pegar pelotas. Germán no hacía más de dos pasos de la bolsa de práctica para recogerlas (estaban todas muy cerca una de otra, lo cual demostraba la precisión de sus golpes).

Roberto tenía una mente brillante para éste juego. Tirábamos pelotas en cancha chica de un fairway al otro por sobre los árboles, lo que más me gustaba era cuando pegaba entre los árboles, decía: “¿Ves ese agujerito? Por ahí va a pasar la pelota”. Dicho y hecho. Se reía, lo disfrutaba mucho y decía: “Si me preguntás como lo hago, no lo sé, sólo miro el objetivo y tiro”.

Por la tarde jugábamos unos hoyos, generalmente se armaba partido con otros chicos profesionales o aficionados de bajo hándicap. Ésta era otra cosa que Roberto disfrutaba mucho, ganarles y, sobre todo, cuando lo hacía en el último hoyo embocando algún putt largo o approach.

Aprendí mucho de Roberto, un privilegio para mí compartir esos cuatro años.

Mara Larrauri: "Era embelesador verlo jugar al golf. Tenía una mente brillante para este juego"

Germán Bustamante

German Bustamante tiene 49 años hoy y fue el último caddie de Roberto de Vicenzo en su etapa competitiva. Roberto ha sido mucho más que su “patrón” como se lo llama aquí en Argentina, fue su jefe, su testigo de casamiento, un segundo padre, lo ayudó a terminar sus estudios y lo formó como persona. En estas líneas Germán nos cuenta la venida de Severiano para homenajear a Roberto en 1992.

Cuando se entera allá por octubre de 1991 que Seve venía para febrero de 1992, Roberto, con 68 años, empezó a practicar como un joven profesional que estaba forjando su futuro, parecía un niño con un juguete nuevo. Era tal la emoción de la venida de Seve que El Maestro se daba el gusto de tirar 500 pelotas todas las mañanas y luego de almorzar jugaba 18 hoyos. Esa era su rutina diaria que solamente podía modificar si el clima no permitía entrenar.

Un día en diciembre, con un calor infernal, Roberto me dice: “quedate en la sombra y una vez que termino las vas a juntar todas”. Y yo le respondo: “Pero Maestro, usted me está cuidando a mi, ¡y el que se debe cuidar es usted!”. Y Roberto, con ese gesto bonachón y paternal, me dice (literalmente): “Germán, ¿vos sos boludo? Cuando venga Seve van a hacer 30 grados y yo tengo que estar preparado, no puedo dar ventajas”.

Ellos fueron mis dos grandes ídolos y esto para mi es un tesoro, una experiencia inolvidable el haber estado ese día en Playa Grande. Recuerdo que en el hoyo 7 (par 5) pegó un drive del piso de segundo tiro y la embocó, un águila que aún hoy guardo fresco en mi memoria.

Y otro de los cuentos es que ya al final de su carrera competitive, no veía muy bien y yo solía darle las yardas redondeadas de a 5, nunca le decía 143 o 157, sino 140 o 160. En el Abierto de la República en Hurlingham, en una de las rondas le digo: “Hay 160 yds.” y Roberto ya cansado de no dejar ninguna pelota dada me responde enojado: “Siempre justas te dan, ¡no puede ser!”. Eso lo pinta de cuerpo entero, sin perder sus ganas de competir y dar lo mejor aún en el final de su carrera.

Germán fue el caddie de Roberto en el último tramo de su carrera.

Raúl Travieso

Raul Travieso comenzó siendo un gran aficionado, luego se destacó como profesional y después incursionó en la enseñanza. Tuvo la suerte de jugar el Masters de 1968, y jugó un papel fundamental en esos días para Roberto. Tiene muchos detalles de las ultimas dos rondas y nos cuenta cómo fue la decisión de quedarse luego de fallar el corte por un solo golpe.

En ese Masters, en la ronda de práctica del martes, mi señora salió en un carro a acompañarme, cuando llegamos al hoyo 3 me encontré con Jack Nicklaus y me invitó a jugar el resto de la ronda con ellos. Fue una gran experiencia. Me vio jugando solo y, como ellos eran tres, no quiso dejarme jugar solo.

El viernes había quedado fuera del corte por un golpe y debíamos volver a Perú donde estaban nuestros hijos, uno de ellos muy pequeño al cuidado de un matrimonio amigo. Y mi mujer quería volver, pero luego de mirarlo a Roberto tirar pelotas le comento a ella: “Lo veo contento, suelto, muy bien, haciendo un swing fantástico, me gustaría quedarme el fin de semana para verlo a Roberto”. Tuvimos una noche de peleas, pero luego de tanto insistir la convencí y nos quedamos. Hablo con mi hijo mayor y con el matrimonio que los estaba cuidando para contarles que nos quedábamos a acompañarlo. Y fue importante: estar al lado de Roberto en un fin de semana donde pasaron muchas cosas y haber estado allí, con él, lo ayudó a llevar adelante lo que sucedió.

Lo seguimos los 36 hoyos y el apoyo fue constante. Roberto siempre miraba adonde estábamos, en busca de apoyo y señales. El desenlace fue triste y Roberto nunca quiso hablar de ello y para respetar su memoria así lo dejaremos. Solo agregar (ver foto) la cena de ese domingo donde Roberto no quería saber nada y finalmente tuvo su agasajo, un cumpleaños amargo en ese momento, pero que lo inmortalizó como un caballero del deporte.

Roberto cumplió años (14 de abril) el mismo día de ese triste desenlace del Masters de 1968.

Carta que le envió Clifford Roberts -en ese entonces Chairman del Masters- a Roberto para extenderle una invitación a su amigo Raul Travieso a participar del torneo.

Carlos Álvarez

Surgido del Ranelagh Golf Club, tuvo una destacada carrera como amateur. Fue Campeón Argentino de Aficionados en 1996.

Cuando tenía 11 o 12 años, Roberto veía que me la pasaba practicando, y un día se me acercó y me preguntó si quería que lo entrenara. Me temblaron las manos con su ofrecimiento. Obviamente le dije que sí. Él todos los días me venía a ver practicar y jugábamos 9 hoyos.

Con 14 años yo arranqué a hacer scores de par de campo, +1 en 9 hoyos (en una época en la que todavía no había la tecnología de hoy en día). Con Roberto siempre jugábamos por un café. Recuerdo en un verano, veníamos jugando y en el hoyo 7 estábamos empatados. En el hoyo 8 se me escapa un birdie y llego al 9 con un golpe de ventaja. Es más, creo que venía -1 y era la primera vez que venía bajo par. Le venía ganando a Roberto.

Cuando llego al tee del 9 (un dogleg en subida, con un cross bunker a la izquierda) y un monte de robles a la derecha), clavo el tee y agarro la madera 3. Era verano y la pelota corría más. Cuando me paro para pegar, Roberto me mira y me dice: “Carlitos, ¿qué haces con la madera 3?”. Le respondo: “Voy a pegar con la madera 3 para no llegar al cross bunker (estaba a unas 240-250 yardas) y después tirar al green con un pitch”. “No, no, si sos cagón nunca vas a ganar nada. Cómo vas a pegar madera 3: vos tenes que agarrar el drive, partir el fairway”, me explicó. Y le digo: “Pero con el drive llego al cross bunker, me puede quedar mal”. “Pero, ¿qué cross bunker? Así no vas a ganar nunca”, me insistió.

Empecé a dudar. Guardo la madera 3, saco el drive. Pego y directo al cross bunker. Se paró Roberto, obviamente con el drive. Él tenía una habilidad de hacer full swing del 30 o 40 por ciento para pegar mucho más corto. Pegó unas 220, 230 yardas y no la llegó al cross bunker. No me olvido más.

Salimos caminando del tee y yo quería salir corriendo a la pelota para ver cómo me había quedado. Roberto me dice: “qué lindo día, Carlitos, ¿no? No hace frio, no hace tanto calor. Estás jugando bien”. Yo no podía parar de mirar cómo me había quedado la pelota. No sabía si estaba en el borde del cross bunker, contra la pared, o si apenas había entrado.

Roberto le entregó el premio a Charly cuando se quedó con el Campeonato Argentino de Aficionados en 1996.

Llegamos a la pelota de Roberto, y yo seguía intentando descifrar cómo había quedado la mía. Él pegó un gran tiro y la dejó a un metro para birdie.

Hasta ese momento yo pensaba que le estaba ganando. Con el tiempo me di cuenta que Roberto siempre manipuló el partido para que yo esté cerca, para que me mantuviera entusiasmado, y ahí poder trabajar sobre mi presión. De eso me di cuenta muchos años después.

Cuando llego a mi pelota, desesperado por verla, vi que estaba pegada contra la pared. Con furia le digo: “¡Roberto, mire cómo me quedó!”. Observa para abajo y me responde: “Pero, Carlitos, ¿para qué pegaste drive?”. No lo insulté porque le tenía muchísimo respeto, pero le contesté: “Roberto, ¡usted me dijo!”. “Pero el que juega sos vos. ¿Cómo me vas a hacer caso a mí?”, se justificó y se fue.

Le pegué a la pared con el segundo golpe, con el tercero la saqué para adelante. Terminé haciendo 5 o 6 y Roberto la metió para birdie. Me ganó y me fui caliente y casi llorando. Enojadísimo, agarré y me fui a la red de práctica a pegar unas pelotas. A la media hora se acerca Roberto diciéndome: “qué bien estás pegando, qué bien que jugaste”. Yo ni le hablaba, en ese momento lo odiaba. Me hizo entender: “Carlitos, vos no podes hacerme caso a mí. El único que siente sos vos. Vos podes tener un montón de caddies en tu vida, pero el único que sabe y siente sos vos. Y el único que sabe qué sos capaz de hacer, sos nadie más que vos. Así que vos juntá siempre la información que otras personas te den, pero la última decisión la tomas vos. No te guíes por lo que te dicen lo demás todo el tiempo. Tenes que aprender a sentir”.

Roberto a Charly: "No te guíes por lo que te dicen lo demás todo el tiempo. Tenes que aprender a sentir"

Es algo que me quedó totalmente grabado y algo que siempre llevo y trato de transmitir a mis alumnos. Siempre jugar con las sensaciones y no con la técnica. Roberto siempre tuvo la virtud de enseñarme en la cancha y fomentar a que me equivoque y arriesgue. Era una manera de que estos errores me quedaran grabados y después aprendiera de estos errores.

Roberto junto a “Charly”.

Álvaro Canessa

Profesional uruguayo que tuvo una relación muy estrecha con Roberto porque fue el encargado del área de golf de San Eliseo Golf & Country Club, el campo diseñado por De Vicenzo.

Una vez Roberto estaba -creo- en Houston y llega al estacionamiento del club y se le acerca una señora que le dice que necesitaba ayuda porque tenía a una hija muy enferma. Le pintó un panorama que era realmente terrible. Roberto puso la mano de su bolsillo y le dio 100 dólares. La señora le agradeció mucho y Roberto siguió su camino hacia el campo. Cuando se encuentra con sus colegas, le preguntan: “¿Roberto, pasa algo?”, y él responde: “me acaba de agarrar una señora en el estacionamiento y me dejó mal: la hija está muy enferma, y me pidió plata y yo se la di”. “¡Roberto, Roberto, nooo, es mentira, esa señora siempre dice lo mismo, no hay ningún niño enfermo! ¡Sólo te estafó, te sacó el dinero!”, le hacen entender. Roberto, con esa forma de ser que tenía, respondió: “Paaa, es la mejor noticia que me dieron en el día, no hay ningún niño enfermo”.

Esa es una anécdota que demuestra el ser humano que era Roberto. Es la manera que lo quiero recordar. Bueno como pocos, generoso como casi ninguno.

Pocas personas mantuvieron una relación tan cercana con Roberto como Álvaro Canessa.

Álvaro Canessa, sobre Roberto: "Bueno como pocos, generoso como casi ninguno"

Toda persona que compartió al menos un momento con Roberto destaca su generosidad, sacrificio, perseverancia y hambre de éxito. Son muchas las cualidades a destacar. Son, en definitiva, atributos que lo forjaron como jugador, pero especialmente como persona.

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